miércoles, 18 de junio de 2014

Relato: El Reencuentro.



La guerra le había separado de ella, y después de tanto tiempo volvía a casa.
Las profundas desigualdades, el atraso y la injusticia, así como la venganza, el miedo y los rencores, resultaron una avalancha de odios; todo ello tenía lugar en una sociedad en la que la cultura política durante mucho tiempo había encontrado, y seguía encontrando, motivo de disculpa para la violencia, siendo esta practicada con asiduidad.
Estaba ansioso por verla, por estrecharla con fuerza entre sus brazos.

Todavía tenía que andar unos kilómetros hasta llegar a la casa. El camino abrupto solo podía recorrerse a pie.
Aquél lugar tan hermoso, resplandecía fresco y puro como cuando le vio partir. El soplo suave y apacible del viento, mecía las copas de los árboles centenarios; una sonrisa pueril se dibujó en sus labios, y su cara irradiaba felicidad.
No dejaba de repetirse, una y otra vez, que volvía a casa.
Desde la puerta le llegaba aquel pesado aroma a lavanda. ¡Cómo lo había echado de menos!
Le prometió que regresaría, y así lo hizo; aunque diecisiete años después.
Una atmósfera fantasmal y a la vez fantástica, se extendía por la habitación bajo la luz tenue que dibujaba la silueta de los viejos muebles.

Allí estaba ella, sumergida en ese profundo mutismo, dejándose acariciar por los más negros presagios.
Postrada en su cama, la sábana que la envolvía dibujaba su figura enjuta, que destacaba solitaria en aquél cuarto frío, cerca de la pequeña chimenea que, a duras penas, lograba mantenerse encendida.
Con ese retrato ancho y firme de un canto dulce y agreste, permanecía allí, impasible, como si nada ni nadie pudiera ya tocarla.
Su pelo blanco como el pico de una gran montaña tocada por el frío invernal, olía como el verano a heno y retama. Su piel, apergaminada por el paso del tiempo, evocaba clara y calladamente su ocaso.

A medida que se iba acercando a ella, recordaba con tristeza la expresión de su rostro, demudado por la noticia de su marcha a la guerra.
Se arrodilló ante su lecho, y tomó aquellas macilentas, frágiles y esqueléticas manos que el paso del tiempo no había perdonado.

Su expresión cambió al verle allí, frente a ella; con los ojos llenos de lágrimas y ávidos de brillo, contemplaba con una mirada de confusa perplejidad, y con ternura, a aquél hombre. Sus dedos convulsos acariciaban las manos que sostenían las suyas.
La mujer creía estar soñando. Había deseado durante tanto tiempo aquel reencuentro, que le parecía el delirio de su mente, enfermiza por el vacío que dejó en ella su ausencia.
Con una voz débil, y quebradiza por el llanto ahogado, le susurró al oído:

—Hijo mío…
—¡Madre…! dijo él, llevándose las manos a sus labios sin dejar de besarlas.
Una oleada de sollozos le sofocó, arrasando sus ojos de lágrimas abrasadoras.

Entonces, ella le secó con sus manos trémulas. No podía comunicar su alegría, y una débil sonrisa, esbozada desde una boca melancólica, era lo único que pudo ofrecerle.

Mirando a su madre, un deseo enardecido de impotencia se trazaba en sus labios. Apretaba los dientes con fuerza, y mordía con rabia su labio inferior.
No era justo.
Ahora que él había vuelto para quedarse, ella tenía que partir.
Le hacía tanta falta; sus consejos, sus caricias, su protección y consuelo... Los echó en falta en aquellos momentos que más se necesitaba a una madre.
Y ahora…
Sus labios se distendieron en un espasmo dolorido.

¡Madre!... gritaba con voz desgarradora le dije que volvería, y así lo he hecho; ¡Por Dios!..., no me deje ahora que la vida me ha brindado la oportunidad de seguir viviendo, cuando otros como yo perecieron. La oportunidad de volver…
La madre le apretaba con fuerza la mano, y éste se sintió protegido por ella.
¡Qué ironía de la vida!, hasta en el último momento las madres sólo piensan en proteger a sus hijos.
            Estando lejos de ti, nada de lo que veía era nada, si no lo podía compartir contigo. El canto de los pájaros, la naturaleza… ¡recuerdo como te gustaba el esplendor de la misma!, sólo me producía desazón porque me recordaba a ti. dijo la madre con voz sosegada, y con la mirada perdida en las pupilas de su hijo.
—¡Madre…! durante años sólo me atrevía a pedir que mis ojos dejaran de mostrarme la vida como una condena. Deseaba ver más allá de la realidad a la que diariamente estaba sometido. Ansiaba verlo todo como un cuadro de gran belleza, armónico, como si de un concierto de colores se tratase; Un maravilloso cuadro equilibrado, tranquilo y noble a pesar del colorido…En mis peores momentos, su recuerdo ha sido lo que me ha mantenido anclado a la vida. Mentiría si negase que más de más de una vez deseé dejar de sufrir, dejar de ver las atrocidades de la guerra, y en lo que te conviertes siendo parte de ella.
Pedí una y otra vez tener la fuerza suficiente para ser contumaz en el deseo de seguir adelante. Y si pude, fue gracias a usted, al recuerdo de la persona que me dio la vida, que lo dio todo por mí, y que supo esperar.

Ella le contemplaba con verdadero embeleso, y él la miraba con la ternura con la que mira un niño a su madre.

Madre… ¿Se acuerda cuando le rompí aquél jarrón tan bonito que tenía en la habitación, ese que usted adoraba y limpiaba con sumo cuidado por miedo a romperlo con sólo mirarlo?, ¿se acuerda? Estuvo buscándome todo el día por la casa, y cuando me decidí a salir y pagar mi culpa, usted lo único que hizo fue colmarme de besos y abrazos, porque pensaba que me había ido por miedo a un castigo. ¿Y se acuerda cuándo…?


El crepúsculo oscurecía la habitación silenciosamente, y los colores se desvanecían con pereza a través de las pupilas de Alma.