sábado, 12 de octubre de 2013

Una última reflexión

¿Por qué los momentos que debieran ser felices, aquellos que se supone representativos, son en cambio los más dolorosos?
Tal vez sea la época, que me hace sentirme tan gris como ella. Quizá tan gris como es el color de mi propio alma. Los días semioscuros, las noches teñidas de sombras; la tristeza en unas calles húmedas, que desbordan aun más la insufrible nostalgia de mi corazón. Retazos de un pasado seudofeliz, que inundan de añoranza la atmosfera que respiras. Sueños que se aletargan, conscientes de la certidumbre que desmonta su fantástico alumbramiento.
Cuando la soledad te devora por dentro, como millones de pequeños cristales afilados que te desgarran a cada pensamiento, y como solución, tu necesidad únicamente te pide estar solo; cuando la desidia te gobierna con latigazos que descuartizan tus esperanzas; tiras de piel que caen a jirones, llevándose consigo la mentira con la que tu ser se disfrazaba; piel de cebolla que reviste un embuste;... entonces has tocado fondo.
Una nueva antesala, estación previa a un nuevo sótano.
Un nuevo purgatorio.
Porque el descenso a los infiernos no parece tener fin, mientras por encima de tu cabeza, más allá, has dejado hace tiempo de ver nada.
Ni fuiste, ni eres…, ni por supuesto serás nada.
Una vida resumida en una palabra: NADA.
Peter Pan dejó de crecer, mientras Campanilla siguió su camino.
Tal vez, consciente de que mas allá de Nunca Jamás, la vida continuamente le recordaría su futuro:
O Nunca,… o Jamás.

En la vida real, los sueños encuentran su frontera. La insensible realidad que deshace lo imposible, hasta reducirlo a calambres que erizan tu piel, pasando como un deja vu de lo que siempre soñaste, pero en realidad nunca llegó a ser.
De lo que creíste sentir, pero fueron placebos.
Pequeñas muestras de felicidad; guiños sarcásticos del destino; del sentir y del deseo más inimaginable; la lujuria extrema acompañada del más noble sentimiento; que en realidad únicamente mostraban lo que debió ser…, pero jamás sería.
El amor más grande que un hombre pueda soñar, se acompaña del dolor más grande que jamás pueda imaginar.
Dolorosos residuos de todo lo que debió pertenecerte, pero decidiste no tener.
Y el tiempo pasa.
Y aunque te estancaste, luchando contra ti mismo en una batalla que sabias perdida, lo único que podía salvarte, se convirtió en la mariposa que siempre imaginaste, hasta que cada uno de sus aleteos se transformo en el arma que acabaría por destruirte.
Ojo por ojo…

¿Hasta qué punto resiste un ser humano? ¿Cuánto tiempo más puede aguantar un cuerpo humano durmiendo a cuentagotas?
Víctima de un severo agotamiento, cuya intensidad te impide, contradictoriamente, descansar. Presa de una desidia que te dificulta concentrarte en nada, sumiéndote en el castigo continuo de tus propios pensamientos. Arrebatándote lo único que ya quedaba en ti:
Tus sueños, tus fantasías, tus deseos y esperanzas… La chispa que, aunque de manera tenue, iluminó una vida, una senda repleta de sombras.
Impedido por un bombardeo de pensamientos, a cada cual más destructivo. Más hiriente.
Confundido por lo que no te acaba de encajar. Por lo que te confunde y no se te explica. Tal vez, porque las respuestas son las mismas conjeturas que a ojos del mundo, del único mundo que para ti existe, sacaba a la luz la realidad que tratabas de camuflar.
Todo lo malo que hay en ti.
Cuando tu guía, tu luz, tu tótem, te muestra aquello que presentías, pero no querías aceptar; cuando eres consciente de que sentirse especial, no significa serlo en el sentido que deseabas; cuando sales perdiendo en cualquier comparación…, entonces solo queda aceptarse, y olvidar todo aquello que te confundía, y a lo que te aferraste sin querer avanzar.
Cuando la chispa muere, se lleva consigo cualquier ilusión. Se consume al ritmo de cada latido de tu corazón. Tan lentamente, que cada bombeo te ahoga al respirar, asfixiándote con el recuerdo de aquello que solo existió en tu imaginación.
Nunca estuve a la altura cuando debí estarlo. Siempre quise hacerlo bien, pero nunca supe cómo.
Pero tampoco nadie acabo de entender como soy, lo que necesito. Como siento, o como pienso.
El verdadero ser que habita en mí…, y que a mí mismo aterroriza.
Pero hubo un tiempo, un halo, que hizo que mi reflejo pareciera deslumbrar.
Ilusiones.
Lo que soy. Lo único que habita en mí.
Mis palabras, único arma disponible, no lograron explicar el caudal de lava que es mi sentir. Mi presencia, tan efímera como eternamente deseada, no consiguió transmitir la realidad de mi incondicional entrega.
No supe.
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